Nando y Gemma organizaron su boda en tres meses (y los claveles rojos lo cambiaron todo)

Se conocen desde los cuatro años, comenzaron a salir a los 18 y decidieron casarse durante una conversación en el salón de casa. Tres meses después, celebraban una boda sin discursos ni baile nupcial, pero con una cena bajo la luna llena, cientos de claveles rojos y una premisa irrenunciable: comer extraordinariamente bien.

Fotos: @estiliart

Nando Márquez estaba en el B; Gemma Bielsa, en el A. Se conocieron con cuatro años, crecieron dentro del mismo grupo de amigos y comenzaron a salir a los 18. Muchos años después, la decisión de casarse llegó sin anillo, rodilla en tierra ni una puesta de sol cuidadosamente escogida. “¿Crees que deberíamos casarnos?”, le preguntó Gemma una tarde cualquiera en el salón de casa. Nando dijo que sí. Tres meses después celebraban su boda en la Cartuja de Ara Christi by Gourmet Catering & Eventos.

La rapidez con la que organizaron todo no fue fruto de la improvisación, sino de tener bastante claro lo importante. No querían entradas grandilocuentes, discursos encadenados, baile nupcial ni una sucesión de momentos concebidos para cumplir con el guion de una boda convencional. Querían sentarse con sus familias y amigos, abrir buenas botellas, comer muy bien y bailar durante horas.

Fotos: @estiliart

Un clavel rojo y una noche de agosto

La primera idea fue celebrar una gran verbena de pueblo aprovechando las últimas noches del verano. Aunque el concepto terminó evolucionando hacia una estética más depurada, dejó tras de sí el elemento que acabaría definiendo toda la boda: el clavel rojo.

La flor apareció primero en la invitación y después se extendió por la papelería, la iglesia y la decoración de la Cartuja. No necesitó mucho más. En el claustro abierto, las mesas se vistieron con manteles blancos, menaje de plata, velas y flores rojas. Los arcos, iluminados en tonos ámbar por Audioprobe, enmarcaban una escena sencilla y rotunda. Aquella noche, además, había luna llena.

El resultado tenía algo cinematográfico: la piedra histórica de la Cartuja, el cielo de finales de agosto, la luz cálida de las velas y los claveles rompiendo la neutralidad de las mesas. Una decoración construida con pocos elementos, pero elegidos con suficiente intención como para no necesitar nada más.

Un vestido en tiempo récord y un ramo muy especial

El encargado de hacer realidad el vestido soñado de Gemma en solo tres meses fue Miguel Angel, de Lechienerrant. Ella quería un diseño minimalista y limpio con una falda vaporosa que aportase movimiento y ligereza. Para ello se inspiró en una foto que le mandó una buena amiga de la actriz Alicia Vikander en el festival de Cannes. Escogieron tejidos italianos y el resultado fue un cuerpo elaborado en crepé satén que daba estructura al vestido y se equilibraba con la ligera falda de muselina de seda natural.

El velo resultó ser el gran protagonista del look. Miguel Angel insistió en utilizar tul ilusión rememorando a las novias de los años 80. El resultado final enamoró a Gemma, que puso la guinda a su estilismo nupcial con un ramo realizado por su amiga Patri de Floristeria Sayas, combinando varias flores blancas a diferentes alturas y en cascada. El arreglo iba atado por una cinta bordada en azul que también fue regalo de unos amigos.

Una boda pensada alrededor de la mesa

Si el clavel definió la imagen de la boda, la gastronomía marcó su ritmo. Para Nando, aficionado a la buena mesa, la comida y la bodega eran dos prioridades absolutas. Por eso, la propuesta de Gourmet Catering & Eventos no se planteó como un trámite entre el cóctel y la fiesta, sino como una parte central de la celebración.

La prueba del menú ya fue, en sí misma, una pequeña fiesta. Gemma y Nando reunieron a sus padres, hermanos y parejas: diez personas alrededor de una mesa, probando platos, bebiendo y alargando la conversación mientras decidían qué servirían a sus invitados.

Solo hubo una elección que apenas necesitó debate: el solomillo de ternera a la sal con puré de patata y puerro frito, el plato favorito del padre de Nando. Antes se sirvió un tartar de atún con salmorejo de mango, huevas de yuzu y helado de tomate que acabaría siendo uno de los platos más recordados de la noche.

Durante el cóctel ocurrió algo parecido con un aperitivo de cigala y panceta incorporado casi en el último momento. Junto a él, una mesa de inspiración toscana reunía quesos, cocas, gildas, torreznos y frutos secos. Una propuesta abundante y mediterránea, pensada para disfrutar sin solemnidad.

Porque en esta boda la cena no era el intervalo entre dos acontecimientos importantes. Era uno de ellos.

El lujo de permanecer sentados

El momento que Gemma recuerda con más cariño no fue una entrada espectacular ni una escena preparada para las fotografías. Fue algo mucho más sencillo: estar sentada a la mesa.

Sentada en el claustro, bajo la luna, mientras veía a sus amigos y familiares comer, beber y reír. Sin tener que levantarse para cumplir con un baile. Sin discursos programados ni una escaleta interrumpiendo constantemente las conversaciones.

Delante tenía aquel tartar de atún con helado de tomate que terminó convirtiéndose en su plato favorito. Alrededor, una cena que avanzaba sin prisas y un servicio que acompañaba la noche sin hacerse notar. Esa clase de atención que, cuando funciona de verdad, parece desaparecer.

La sofisticación estaba precisamente ahí: en permitir que todo sucediera con naturalidad.

Música caribeña y regalos que hablaban de ellos

Después de la cena llegó la fiesta, aunque la música había empezado mucho antes. Los del Sur animaron el cóctel con ritmos caribeños y consiguieron poner a bailar a varias generaciones. Más tarde apareció Lía, una purera cubana que elaboraba puros en directo y terminó repartiéndolos durante el postre al ritmo de la música.

También los regalos escapaban de las fórmulas habituales. Las mujeres encontraron sobre sus sillas mantoncillos de flamenca de distintos colores que Gemma había comprado en Sevilla y que muchas llevaron durante la cena. Para los hombres, la pareja eligió pequeñas láminas de ciclistas clásicos creadas por Miguel Soro con su técnica de acrílico y collage.

Era un guiño especialmente personal. El ciclismo forma parte de la vida de ambos: Nando dirige GSPORT, la firma y fábrica de ropa ciclista de Xàtiva, donde Gemma está al frente del departamento de marketing.

Tres meses para organizarlo todo

La organización recayó en Ana Crespo, de La Llama&co, mujer de un primo hermano de Gemma y alguien con quien mantiene una relación casi de hermana. Cuando apareció libre el viernes 28 de agosto en la Cartuja de Ara Christi, no siguieron buscando.

Conocían el espacio y habían asistido allí a otras bodas, pero quisieron habitarlo de una manera distinta, trasladando la cena al claustro abierto. A partir de ahí, la coordinación entre La Llama&co, el equipo de la Cartuja y Gourmet Catering & Eventos permitió levantar la celebración en apenas tres meses.

Nando y Gemma la resumen con tres palabras: naturalidad, elegancia y diversión. Tal vez su mayor acierto fue entender que ninguna de ellas exigía llenar la noche de estímulos.

Bastaron los manteles blancos, la plata, las velas y los claveles. Una banda capaz de poner a bailar a jóvenes y mayores. Una mesa bien servida alrededor de la cual nadie tuviera prisa por levantarse.

Y la decisión, tomada una tarde en el salón de casa, de no hacer nada simplemente porque “tocaba”. Quizá esa sea una de las formas más contemporáneas del lujo.

Fotos: @estiliart

CRÉDITOS

Ceremonia: Iglesia Santa María Sagunto

Celebración : Cartuja de Ara Chrisi

Gastronomía: Gourmet Catering  & Eventos

Foto : Estil i Art

Vídeo : Javier Ceres

Vestido : Lechienerrant

Zapatos : Lola Cruz

⁠Maquillaje y peinado: Vego de Bobbi Brown, peinado su madre (peluquera ya jubilada)

Wedding planner: Ana de La Llama&co

⁠Decración : Floristería Sayas y Muebles de Events and Style

Ramo novia : Floristería Sayas

Sonido/ DJ : Audioprobe

Traje del novio : Blackcape